Te busqué sin querer buscarte… sin saber siquiera si quería encontrarte.

Te busqué como acto reflejo, inconscientemente, en cada cabellera rubia que cruzaba por ahí. En cada estatura mediana y tez clara con alguna remota semejanza a vos.

Te busqué literal y metafóricamente.

Te busqué como instinto, como animal desorientado post-temporal, como niño perdido buscando su hogar, como expatriado que vuelve a su país natal.

Te busqué sin tener nada que decirte… sin saber qué haría si llegara a encontrarte. Te busqué aún teniendo todavía tu número en mi cel, sin poder o querer escribirte.

Te busqué para ver tus ojos una vez más. Para acobijarte en mis brazos o rendirme en los tuyos. Para llenarte de besos o pedirte algunos.

Te busqué en la calle, en el bondi, en el bar. Te busqué acá, a la vuelta y en la otra punta. Y más allá también. No había hora del día o lugar en el mundo donde dejara de buscarte.

Te busqué sin buscarte. Te busqué y creí verte una y mil veces. Te busqué sin encontrarte.

Y te extrañé.

Cada noche lluviosa y cada domingo aburrido. Cada mensaje de buen día y llamado de buenas noches. Cada “Suerte!” en la previa de un parcial. Cada “Y? Cómo fue?” en el post. Cada capítulo de la serie que no terminamos. Cada viaje que no hicimos, cada foto que no nos sacamos y cada recuerdo que no consolidamos.

Extrañé tus abrazos, tus besos, tus caricias. Tus consuelos y tus peleas. Tus celos y tus enojos. Tus apoyos, tus aguantes, tus caprichos. Tus sueños, tus metas, tus deseos.

Te extrañé sabiendo que nos dimos lo que pudimos, sin ser suficiente.

Te extrañé como nunca había extrañado a nadie, pero sin estar seguro de por qué te extrañaba.

Te busqué, y te extrañé... Pero ya no.

Un porteño del Interior. Amante de la tecnología, el rock nacional y el dulce de leche.

Un porteño del Interior. Amante de la tecnología, el rock nacional y el dulce de leche.